Empezó a hablar inglés fluido en 2 horas

Isabel tiene 54 años y vive cerca de Sevilla. Como ella misma reconoce, siempre ha sido una persona abierta y curiosa.

En 2016 empezaron a despedir gente del hospital en el que llevaba trabajando más 20 años. Esta mujer, tan alegre y optimista como era, no se esperaba que en vez de empezar a planificar su jubilación iba a estar obligada a buscar trabajo.

Estaba aterrada, nos cuenta Isabel. Los sueldos en sanidad no son tan altos como la gente se piensa. Apenas llegaba a fin de mes. Perder mi trabajo supuso un duro golpe para mí.

Como reconoce la mujer, el primer shock se pasó enseguida.

Contamos nuestros ahorros, pero no teníamos muchos. La pensión de mi marido no nos permitía vivir una vida digna. Tenía que encontrar un trabajo cuanto antes. No quería molestar a mis hijos con mis problemas, sobre todo teniendo en cuenta que mi hijo seguía estudiando y mi hija mayor estaba planificando su boda.

La realidad cayó encima de Isabel como un jarro de agua fría. A sus cincuenta y dos años, empezó a buscar empleo. Por desgracia, nadie de la zona estaba contratando gente para su puesto.

Mis amigas tenían el mismo problema. A ellas también las despidieron y en la zona no encontraban puestos de lo suyo. Una de ellas me propuso marchar a Alemania para trabajar como cuidadora. “Nos costará menos si vamos las dos juntas”, me dijo.

Sin embargo, Isabel nunca había estudiado alemán. De pequeña estudió francés y hace un par de años estudió inglés básico en un curso para enfermeras. Aun así, no se sentía preparada para emigrar a Berlín.

Tenía miedo de no ser capaz. El alemán me sonaba demasiado extraño. Una vez estuve en un curso de inglés, aprendí gramática básica, pero acabé por dejarlo porque me costaba horrores.

Isabel empezó a aceptar trabajos esporádicos. Esto le garantizaba sobrevivir a ella y a su marido, pero no les cubría todas sus necesidades.

Mi hija encontró fecha para su boda, mientras que yo le ocultaba que me habían echado del trabajo.

El punto de inflexión para Isabel fue… una casualidad. Mientras acompañaba a su hija de compras por un gran centro comercial, se topó con un grupo de estudiantes perdidos. Resultó que eran extranjeros y solo hablaban en inglés. La hija de Isabel estaba en los probadores en ese momento.

Me preguntaron cómo llegar a la estación de autobús desde el centro comercial. Estaban totalmente perdidos. Al ver que la dependiente no hablaba inglés, decidí ayudarles aunque fuera con gestos. Me faltaban muchas palabras y tenía que gesticular, pero al final nos entendimos. Me lo agradecieron mucho.

Isabel reconoce que estaba tan concentrada ayudando a los estudiantes que “se olvidó de que no sabía nada”. Además, se quedó sorprendida con lo mucho que se acordaba del curso durante la conversación.

Cuando mi hija salió del probador, me dijo: Mamá, ¡pero si hablas inglés genial! A lo que contesté: ¡pero si no sé ni papa!

Mi familia no quería dejarlo estar. Además, se enteraron de que estaba en paro. Me arrepiento de no haberles contado antes mi situación. Fueron un verdadero apoyo para mí.

Los hijos de Isabel se propusieron convencer a su madre de que tenía muchas más competencias de las que creía. Llena de energía positiva después de este acontecimiento inesperado, ese mismo día volvió a leer los apuntes de las clases de inglés.

No entendía ni me acordaba de todo, por eso le pedí a mi hija que me comprara un curso para estudiar por internet. ¡Accedió enseguida!

Resultó que Isabel era una alumna muy despierta.

Eso del talento para los idiomas es una falacia. Es todo trabajo duro. Me propuse aprender palabras nuevas todos los días, aunque fuera solo durante 10 minutos. Ese era mi objetivo. ¡Así conseguí aprender muchísimo!

La mujer se puso a estudiar en casa con la ayuda esporádica de su familia. Incluso se apuntó a clases de idiomas organizadas por la diputación.

Me di cuenta de que no necesitaba clases. ¡En dos horas ya hablaba con la profesora mientras que otros seguían aprendiendo el alfabeto!

Hoy Isabel trabaja como cuidadora de ancianos en Gran Bretaña. Ella misma admite que es un trabajo duro, pero le reporta satisfacción. Tiene la intención de volver a casa en cuanto gane lo suficiente para abrir su propio negocio.

¡Me siento muy viva! – reconoce

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